Vano intento de cuento.

A continuación, un ejemplo de porqué escribir una novela, o incluso un cuento, sería una misión casi imposible para mí.

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Había una vez un rey… (creo que corresponde decir “hubo una vez un rey”. Este cuento se complica desde la primera palabra, literalmente). Otra vez.

Había una vez un rey… (aunque esté mal gramaticalmente, queda tan bien así, que así se queda). Otra vez.

Había una vez un rey… (en realidad hubo un rey más de una vez, por supuesto; y más de un rey a la vez, también, varias veces). Sigo.

Había una vez un rey, una vez en particular, un rey en especial, y aunque ésta no sea la historia de ese rey, la afirmación no deja de ser cierta.

Había una vez un rey, y había también un hombre que no era ese rey. Ese otro hombre será el personaje de este cuento, el rey  supongo que ya no vuelve a aparecer.

Debería haber empezado de la siguiente forma:

Había una vez un hombre… Así, con minúsculas porque el hombre era un solo un hombre. Un hombre al que no le pasa nada extraordinario.

Había una vez un hombre al que no le pasó nunca nada atípico, en cuyos mesurados aconteceres cotidianos no reparó nadie lo suficiente como para escribir en media página un día cualquiera de su vida. Un hombre cuyos pensamientos más profundos son completamente inaccesibles, y por lo tanto, inútiles para rellenar con ellos los silencios del presente escrito.

Había una vez un hombre del que no sé nada, y sobre el cual quiero escribir. Voy a tener que inventarlo.

Había una vez un hombre que no existió, pero voy a decir que sí existió, porque lo necesito. Tendré que decir como era, aunque por supuesto, nunca fue.

Voy a tener que inventar cosas que nunca le pasaron, paisajes por donde no anduvo, palabras que no dijo, amores y rencores que no tuvo.

Me va a dar mucha pena por ese hombre. Porque en un momento voy a tener que dejar de escribir, y su vida, inventada sí, es cierto, pero suya al fin y al cabo, va a quedar trunca.

Creo que no lo voy a hacer.

Y veo sin embargo que ese hombre ya existe, aunque no lo haya llamado por su nombre, pues así, al pasar, lo nombré junto a un rey que sí existió, y que sí tuvo su historia, sobre la que escribieron quién sabe cuántos.

Ni siquiera llegué a la segunda frase del cuento y ya no quiero seguir. Es tremendamente más difícil de lo que hubiese imaginado. De lo que hube imaginado. De lo que imaginé.

 

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                                          (reg, pná, arg,  hace mucho, mucho tiempo)

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Nadie muere en la víspera.

“Nadie muere en la víspera”, decían…

Claro, yo era chica, muy chica, ni siquiera sabía que significaba “víspera”; habré imaginado que era algún día en especial, alguna festividad, un feriado como tantos. Me resultaba extraño que nadie muriera justamente ese día, pero la veracidad de las frases hechas era incuestionable en aquella época.

Supongo que tampoco tendría que haber tenido en claro que era morir. Pero sí. A los 4 años a veces las cosas se ven mas simples. Morir era morir. No había dudas sobre eso. La gente se moría. Y lo que venía después la muerte era la vida de los que quedaban con vida. Las versiones adultas sobre cielos e infiernos, reencarnaciones y renacimientos eran contradictorias e incomprobables. Y por eso mismo, y por tan ajena, y por tan lejana, la muerte realmente no me preocupaba.

“Nadie muere en la víspera”…

Cuando un tiempo después me angustiaban los millones de muertes violentas, las masacres, las tragedias, los accidentes, el hambre, la pobreza y las guerras, la muerte fue cosa seria.. Entonces la misma frase me resultó tan hipócrita, tan conformista, tan despreciable. Yo habré tenido diez, doce años. Tal vez un poco más. El mundo era terriblemente injusto. Y dios, si existía, también.

“Nadie muere en la víspera”…

Empecé a repetirme la frase una y otra vez a modo de disculpa, o de excusa, cuando ante la muerte ajena me quedaba inmóvil y silenciosa. O cuando simplemente prefería ignorarla. El mundo era como era y si existía Dios, no me importaba.

“Nadie muere en la víspera”…

Cuando la muerte fue llegando a mis abuelos, y cada día podía ser el ultimo de sus días, la frase no era más que una sentencia burlona y despiadada. Y quise creer en un dios que me garantizará otro mundo donde encontrarme con mis muertos.

“Nadie muere en la víspera”…

Sin ser vieja ahora sé que la víspera puede ser en cualquier momento. Y resurgen los miedos, y resurgen las dudas, y veo la muerte en cada esquina , y la frase resuena en mis oídos definitivamente ridícula.

“Nadie muere en la víspera”…

En mil voces suena de mil formas diferentes. En quien lucha, resulta una consigna llena de esperanzas, de fe en que nada ocurrirá antes de tiempo. Y quien teme la entona como un conjuro para espantar la muerte.

“Nadie muere en la víspera”…

Consuelo, excusa, promesa, advertencia.

“Nadie muere en la víspera”…

Una frase hecha, como tantas, caballito de batalla de quienes creen en el destino, para los que se convencen, de algún modo, de que todo está escrito. No es mi caso. Ojalá lo fuera.

Nadie muere en la víspera de su propia muerte. Taxativamente cierto.Tan gramaticalmente correcto que es casi absurdo enunciarlo.  Como si fuera posible otra cosa, como si fuera posible morir tantas veces.  Como si no supiéramos acaso que los días se suceden unos a otros inevitablemente.

Como si en el último minuto importase comprender que la víspera de nuestra muerte fue justamente ayer y que paso de largo inevitablemente.  El final, nuestro final, debería ser tan simple y tan claro, como cuando teníamos cuatro años. Y comprender, y aceptar que morir es morir, y lo que vendrá, ya es parte la vida de los demás.

                                               RegD, Pná, Arg, 2005