De suertes y cosas por el estilo.

Si al salir de casa, o de donde sea, me doy cuenta que me olvidé de algo, vuelvo. Es decir, a veces vuelvo, a veces no. Vuelvo si no estoy muy lejos, si tengo tiempo, si lo necesito, si tengo ganas. Depende de las circunstancias, que siempre son varias y variadas.

Si se me vuelca la sal, generalmente limpio de inmediato. Y si es mucho lo que se vuelca, recupero lo que puedo. En general, sí lo hago, pero no siempre: a veces me hago la tonta y la desparramo un poco más para que no se note.

Si en la calle me cruzo con un gato negro, casi siempre me admiro de su belleza, porque casi siempre son bellos los gatos esos. No todos, obviamente, pero casi todos. Como pasa con los gatos en general. Y demás animales también.

Si se me vuelca el vino lo lamento, siempre y cuando haya sido un buen vino. Aunque si se vuelca sobre mi ropa lo lamento más profundamente, porque nunca es fácil quitar las manchas de vino tinto, no importa que tan bueno o tan malo haya sido originalmente.

Si me levanto con el pié izquierdo, casi nunca me entero. A la hora de levantarme tengo aún demasiado sueño como para fijarme en esas cosas. Pero casi seguro que lo hago de inmediato es apoyar el otro pié. Cuestiones básicas de estabilidad. Cosas que se aprenden en la vida.

Si se me rompe un espejo, lo primero que hago es juntar los pedazos rotos de cristal y envolverlos con cuidado en abundante papel para que nadie se lastime. Lo segundo es barrer a conciencia toda la estancia. Lo tercero, comprar un espejo nuevo. O apuntarlo en mi agenda, al menos.

Si mi camino pasa bajo una escalera, me fijo si hay alguien trabajando en ella. Si es así, hago un rodeo para no molestarlo, y evitarme, por ejemplo, salpicaduras de pintura, si es que la persona esta pintando. Si esta vacía y sola, la escalera, y se ve estable, sigo mi camino y la atravieso cual si fuera un arco del triunfo urbano, modesto y cotidiano.

Si en la vida me cruzo con un supersticioso, lo tolero un rato. Lo tolero, pero no debería. Nada bueno puede salir de eso (lo sé a ciencia cierta).

Sobre la magia.

Yo no sé si creo en la magia. Tal vez sí, tal vez no. Tal vez solo a veces. Y cuando hablo de magia, no sé si es de magia o de algo que se le parece. Es más, no sé que es la magia exactamente, pero como cualquiera, lo intuyo. Como cualquiera, imagino, busco y armo de a pedazos mi propia definición.

Y a veces creo, y a veces no. La mayoría de las veces no, pero a veces sí (porque a veces se elige y a veces no). Pero incluso cuando sucede que sí, incluso entonces, también tengo mis parámetros, como cualquiera, como todos. Qué sí es y qué no es. Cuando sí y cuando no. Hasta donde sí y hasta donde no. Donde nace y donde muere, donde vive y de que está hecha. Y así formo mis opiniones.

La magia, creo yo, no está en la galera. Ni en el abracadabra. Ni en la varita a la que llaman mágica. Ni en la pócima ni en el brebaje que hierve en el caldero. Para mí que es algo que está mucho más adentro, por decirlo de alguna manera. No en el conejo, no en el mazo de cartas. Ahí, tal vez, esté el truco, pero no la magia.

Tampoco la magia del momento está en el momento. No en el eclipse, ni en la luna llena. La magia está en otro lado, y ese otro lado no son las estrellas ni las tripas ensangrentas de una oveja. No está en las palabras, ni en las piedras, ni en un agua en particular, como si no fueran todas las aguas la misma agua. No está en los rituales ni en los lugares sagrados. Obviamente, la magia no está en el corazón del sacrificado, ni en la estampita, ni en la estatua. La magia, casi que podría asegurarlo, no está en los dedos cruzados, ni en el gato negro ni en los espejos (ni en los rotos, ni en los sanos).

Pero la magia, tal vez, esté en los magos, en las brujas, en los adivinos, los nigromantes y las hechiceras.  O simplemente en el gente. A mi me gusta creer en la gente. Yo prefiero creer en la gente.

Tal vez hoy

Tal vez hoy sea cuando.
No el único “cuando”, porque los “cuando” siempre son muchos.
Tal vez hoy sea el “cuando”.  O un “cuando” al menos.
Aunque no sea el primero, ni último, ni el más importante.

Tal vez hoy sea uno de esos días.
De esos días que no pasan sin pena ni gloria, aunque sean mínimas.
De esos hitos chiquitos, esas marcas de tiza en el camino.
Un día de esos, con fecha escrita con tinta indeleble en nuestra historia.

Tal vez hoy lo sea, tal vez no.
Esas cosas se saben después de un tiempo, mirando en retrospectiva.
Hoy, yo creo que sí lo será, pero es solo una creencia, un anhelo.
Prefiero creer que sí, y prefiero que las incógnitas sean meros detalles.

En simultaneo

El truco, tal vez, sea la simultaneidad.

Ser al mismo tiempo lo uno y lo otro, en un mismo instante.
No un rato cada cosa, no cambiar según las circunstancias,
sino serlo todo a la vez, incluso las circunstancias.

Ser el árbol firme que resiste frente a todas las tormentas;
y ser la hoja que se deja llevar, dócilmente, por el viento.
Y ser también el viento, el devenir de las cosas, el tiempo que pasa.

Ser la tierra donde se hunden las raíces de todo y ser las raíces,
Las que nacen, las que crecen, las que mueren y desaparecen.
Y el agua que las nutre y las moja, el agua que es todo y a veces falta.

Y ser nomas yo, mi memoria y la conciencia de mi misma;
mi unicidad, mis límites, mis nervios trenzados y hechos nudos;
mis pedazos de humanidad de carne y hueso. Y solo eso.

Al mismo tiempo, todo. Incluso aquello de ser y no ser. En simultaneo.

Tiranetas

Cuando se vive en un país que no es el país natal, ni el que nos vio crecer, la posibilidad de aprender nuevas palabras cada día es tan alta, que es más una certeza que una mera posibilidad. Incluso si en ambos países se habla el mismo idioma. Porque el idioma que se supone que es el mismo, no es tan el mismo. Porque la gente que escuchamos y con la que hablamos ya no es la misma. Porque lo que leemos ya no es lo mismo. Y por la historia, y por las mezclas, y por las influencias. Y quién sabe por qué otra enorme cantidad de cosas más.

O porque así es la vida. Algo que pasa, algo que fluye, algo que cambia, aunque a veces cambie poquito y muy lentamente. Y a veces ese cambió chiquitito y casi imperceptible no nos deja mas enseñanza que una palabra nueva. A mi me gustan esos días porque me gustan las palabras. Me gusta jugar con las palabras nuevas,  inventar palabras, descubrir palabras. Mezclarlas, inventarles insólitas derivaciones y etimologías. Y me gusta, sobre todo, compartirlas con quien comparto mis días, porque en estas cosas compartimos las manías. Juntos jugamos a hacer malabares de palabras y crucigramas en el aire. Nos desafiamos, nos provocamos, nos retrucamos y siempre, siempre, terminamos riendo y a los besos. Nos divertimos con poco, pero nos divertimos mucho.

Hoy, mientras esperábamos nuestro pedido en un cafecito del barrio, nos llamó la atención la conversación de la mesa que estaba justo detrás de mí. Dos hombres hablaban de filosofía. Hablaban y hablaban. De Aristóteles, de Hume, de Kant. De los antecedentes de la democracia directa, de la falta de referentes suficientes, de la nueva sede de estudios filológicos, de los planes de estudios de hace veinte años, del Chopín y de Strauss, de lo que debería ser, de lo que mejor ni hablemos. Hablaban y hablaban. De todo, mucho y más fuerte de lo que en las apretadas mesas del café sería de buena educación.

Y sí, nosotros conversábamos de nuestras cosas también, aunque su erudita diarrea mental se metiera a cada instante en la nuestra, para mezclarse un poco, aunque ellos no lo supieran. Confieso que estaba divertida la cosa. El gurú y el aprendiz, arreglando el mundo y ajenos al mundo. Esgrimiendo citas contra citas, de casi todos los famosos de los últimos 3000 años.

Y de repente, llegó la palabra nueva del día. Así de repente y sin aviso, que es la mejor forma que tienen de llegar. Mi cómplice en el juego la dejó caer por lo bajo: tiranetas. Y claro, apenas la oí, y antes de preguntar nada, intenté rápidamente adivinar, porque es parte ineludible del juego. Mi primera opción fue bastante ridícula, por no decir absolutamente absurda. Era algo así como: “tiranetas, dícese de pequeñas tiranas, de poca monta, y casi nulo poder”.

Y ahí si, pedí repetición. Viendo el conocido gesto en mi cara de no entender nada, repitió más lentamente: tira-netas. Dicho así lo entiende cualquiera. “Tiranetas”, aquí en México, es el que en Argentina “tiene la posta”, el que “te canta la justa”. El siempre famoso “que se las sabe todas”, y que además no puede vivir sin hacérselo saber a todo el mundo.

Terminamos nuestro postre y nos dimos cuenta que habíamos perdido hace rato el hilo de la conversación ajena. Pagamos lo nuestro y nos fuimos a casa, aún entre risas y besos.

El otro payaso.

Con la convicción de que hacer reír es bueno, el payaso se consuela.

El fantasma del buen Garrik lo guía, lo invade, lo acompaña.

Ya no soporta hacerse el tonto, pero es lo que mejor funciona.
Ya no quiere seguir tropezándose a propósito con sus propios pies.
Ya está cansado de pintarse la cara de blanco y de tanta ridiculez.
Ya está harto de caer de cara en el pastel, una y otra y otra vez.

Pero el númerito del payaso listo no funciona aún del todo bien.
Al menor gesto de inteligencia los niños se asustan y  lloran.
Y los adultos fruncen el ceño, fruncen la nariz, y todo lo fruncible.
Porque también los adultos les temen a los payasos inteligentes.

Si no es de la desgracia ajena, parece, ya no saben de que reírse.

(y eso no está bien, nunca lo estuvo, nunca lo estará)

Recetas

Todos tienen una receta para todo. O varias recetas.
Todos tienen una receta para todo. Para lo que sea.

Recetas para huesos flojos, la piel reseca y  la resaca.
Recetas para fortalecer el carácter y ablandar la caca.
Recetas para invocar a los ángeles y destapar caños.
Recetas para cultivar lombrices azules y evitar daños.
Recetas para freír huevos podridos y mejorar el sexo.
Recetas para ganarle tiempo al tiempo que se va.
Recetas para curarlo todo, pero todo de verdad.
(recetas hasta para burlar la muerte, si hay suerte).

Recetas claras, paso por paso, todo bien enumerado;
con instrucciones concisas, como preceptos sagrados.
Recetas infalibles a prueba de tontos y de descreídos;
no hay forma de equivocarse, no hay lugar a errores.
Recetas basadas en la sabiduría milenaria de la abuela;
o bien fundadas en los últimos avances de las ciencias.

Para todo hay recetas. Para lo que sea.

Para la paz mundial hay recetas, muchas y muy variadas.
Para los fideos con crema y las papas asadas hay recetas.
Para limpiar la vajilla de plata y lavar dinero hay recetas.
Para controlar la parasitosis y curar lo maricón hay recetas.
Para que dios te perdone y la virgen te ayude hay recetas.
Para vivir mejor y para que otros mueran pronto hay recetas.
Para reciclar aceite usado y amarrar al ser amado hay recetas.
Para reactivar la economía y quitar manchas hay recetas.
Para salvarnos todos, o por lo menos algunos, hay recetas.

Todos tienen una receta para todo. O varias recetas.
Todos tienen una receta para todo. Para lo que sea.
Para todos los problemas y los sueños hay recetas.

(Algunas funcionan, algunas no. Algunas dan miedo)