El rito.

La mujer está arrodillada a los pies de un maguey en el parque junto a casa. Es domingo y pasan pocas personas por aquí. Nadie la molesta. Trae cruzado al pecho un morral abultado. De él va sacando las cosas más extrañas: un cuchillo, unas tijeras, un ramito de flores rojas, un racimo de frutos pequeños que no reconozco y una par de cosas más. La mujer esta nerviosa y fuma chupando con fuerza. Revisa las hojas de maguey y finalmente escoge una…

Yo la veo, de a ratitos, desde mi ventana. Yo la veo, pero ella no me ve. Yo cuido que no me vea. Ella está en al parque, a la vista de quien pase, pero yo siento culpa de mirar, de observar, de entrometerme con la mirada. Pero no puedo evitarlo. Y por esa vergüenza de voyeur principiante es que me pierdo gran parte del proceso, del ritual.

Cuando vuelvo a mirar, ya la hoja de maguey esta cortada longitudinalmente, hasta la mitad, y se abre bífida, como una lengua de serpiente. Chorrea la savia y ella va exprimiendo la hoja, untándose las manos y la cara con el preciado jugo. Pero no deja de fumar, ni un instante. Algo dice, sus labios se mueven , pero para mi, al otro lado del vidrio doble de mi ventana, la escena es una escena muda, aunque no nos separen ni tres metros de distancia.

Cuando vuelvo a ver, humean los restos de una fotografía, la hoja de maguey se ha transformado en un montón de fibras blancas, ya sin pulpa ni savia, de las que se ha atado el ramillete de flores y frutas rojas. La mujer camina en los alrededores, cigarrillo en mano, más nerviosa que antes, si es que eso fuera posible.

Luego de casi una hora, el ritual termina cuando la mujer vuelve al maguey, corta las fibras de las que colgaban las flores, lo envuelve en un pañuelo, guarda todo en su morral y se va de la plaza, como si nada, hacia la parada de autobús al otro lado de la avenida.

Yo quedo así, como triste por el maguey lastimado. No, no era de los más grandes y más viejos del parque, aunque debe tener, sin duda, su decena de años. Es verdad que sus hojas están todas escritas y autografiadas, quien sabe desde cuando, con esas cicatrices que no se van de plantas como estas. Pero en nombre de quién sabe quién, y a cambio de quién sabe qué, esta vez lo han lastimado mucho. Y a mi me da más lástima el maguey que la señora, sea cual haya sido su pedido…

Custodios.

Desde la ventana veo el parque. Lo veo bien, no hay una calle de por medio, sino apenas un caminito de concreto, peatonal y ni siquiera tan usado. Por eso la vida del parque es parte de nuestros días. No tenemos cortinas, no podemos evitarlo. Por eso puedo decir exactamente cuando llegaron los pozos: hace tres semanas y dos días.

Llegaron las cuadrillas y se pusieron a cavar. Unos doce pozos en todo el parque, muy prolijos, como de sesenta por setenta, y tal vez ochenta de profundidad. Obviamente, no todos aparecieron el mismo día. Una semana les llevó, al menos, terminar las tareas de cavar y rodear cada pozo con las cintas rojas y blancas de seguridad.

Ya viendo la distribución de los pozos, y conociendo la realidad de este parque olvidado de todos, no fue tan difícil adivinar que eran pozos para colocar columnas de luz, cosa que a todo mundo – o casi – haría muy feliz. Hasta aquí, pura algarabía y entusiasmo por las buenas nuevas.

Pero la cosa es que cada día, luego de ya estar bien cavados los pozos, llegaban las cuadrillas a… custodiarlos. Por cuatro o cinco horas, ahí parados, junto a un pozo o el otro, esperando quién sabe qué. Sacando del pozo, por hacer algo de rato en rato, la tierra que la lluvia de cada día volvió meter; arreglando las cintas plásticas que la intemperie ha deteriorado o algún pillo rompió al pasar; fumando un cigarrillo o filosofando sobre la vida. O dándole compulsivamente al celular, jugando, chateando o navegando por el mundo tan poco extraño de facebook. Pero principalmente custodiando los pozos, cuidándolos, como si algún tesoro secreto hubiera escondido allí, o como si existiera la remota posibilidad de que se escaparan de su lugar…

Así, día tras día, desde hace más de dos semanas. Esperan, supongo, que lleguen los postes que no llegan. Mientras tanto, dos rectángulos más han aparecido marcados con cal, señal de que nuevos pozos llegarán en breve. Tal vez sea porque van a poner más luces. O porque ya no saben que hacer los custodios con tanto tiempo de no hacer nada con la pala en mano. Como sea, al parque le viene bien que le remuevan un poco la tierra, tan apisonada por años….

Las vecinas

(Antes que nada, quiero dejar en claro que el texto a continuación es pura ficción, de verdad lo digo, es pura mentira. Cualquier similitud con personajes y situaciones de la vida real es pura casualidad, se los juro. No vayan ustedes a creer ni una palabra, por favor. Por favorcito, de corazón se los pido…)

No voy a nombrarlas. Porque no corresponde. Pero además, porque no me sé sus nombres. Los escuché un par de veces, pero no los retuve. Y como sea, no voy a nombrarlas, no vaya a ser que, por esas cosas de la vida, un día lean esto. No voy a nombrarlas, no vaya a ser que se den por aludidas, y mi integridad corra peligro. Mis vecinas, las brujas malas, son gente de temer.

Sé perfectamente que en general las brujas son buenas, a pesar de lo que digan los cuentos de antes. Pero no es este el caso. Aunque lo aparenten, las estas doñas no tienen nada de buenitas. Yo lo sé, porque a veces vamos a las reuniones de vecinos que se hacen, prácticamente, en la puerta de nuestra casa. En el parque del barrio en realidad, pero es casi la puerta de nuestra casa. Desde la ventana del comedor vemos que se va formando el aquelarre, y allá vamos. Con una dotación enorme de antiácidos en los bolsillos, vamos para que después no digan que nadie va, que a nadie le importa.

Estas vecinas no quieren a nadie. Ni entre ellas se quieren. Arman y desarman entre ellas frentes de acusación mutua, que ni con seis años de estudios intensivos de política internacional podría alguien entender. Tampoco soportan nada: como por arte de magia sacan sus propuestas de enrejar por aquí y por allá, indiscriminadamente, ya sea un pedazo de parque, un sector del paseo, o las mismísimas calles. Es su hechizo predilecto, su solución para todo. Eso, y poner cámaras de vigilancia en cada poste, en cada casa, y si fuera posible, en cada árbol.

Como en los cuentos, estas señoras brujas odian a los niños y especialmente odian el ruido que hacen los niños. No estoy inventando, ellas lo dicen abiertamente. Sienten repulsión por los adolescentes, para qué engañarnos, y más aún si se los ve felices retozando en el parque. A los jóvenes los odian por jóvenes, supongo. Y a los demás, a los que no son de su exclusivo club de mujeres “bien”, los odian nomas por existir. Ni vendedores, ni pasantes, ni estudiantes. Ni profesores, ni mendigos. A nadie quieren cerca. Que nadie se atreva a poner pies en su reino, porque ellas, y solo ellas, tienen el poder de invocar a los poderes terrenales, pero también a los otros.

Incapaces de ponerse en los zapatos de nadie, alzan las banderas de quién sabe qué decencia ofendida, y escandalizadas se elevan sobre el resto de los mortales como las mártires del barrio; sus salvadoras, sus profetas y su única esperanza. Dueñas de todas las verdades, quien las contradiga se hará inmediatamente merecedor de todo tipo de maldiciones y tendrá que vivir temeroso de su ira de por vida.

Su séquito, sus acólitos, van aprendiendo rápido. De un año a esta parte se ven sus progresos y dan miedo. Sus rictus fruncidos de perpetua indignación van dejando huellas profundas en sus rostros. A diferencia de sus maestras, aún no saben simular simpatía proselitista y sus sonrisas forzadas intimidan y espantan.

Entre sus principales poderes, se encuentra el de transformar conceptos como el de “Espacio Público” en algo tétrico y peligroso; el de invocar los Derechos Humanos para reprimir a quien ose pisar el pasto y el de decidir, a su entera voluntad, cuando las leyes sirven y cuando no.

De verdad dan miedo nuestras vecinas; incluso sin sus poderes brujeriles lo darían. También dan vergüenza ajena y gastritis.Y aunque hay que reconocer que les sobra voluntad y cierta tipo de vocación comunal, esa voluntad y esa vocación son bastante retorcidas. Saben perfectamente, creo yo, del dilema en que nos sumergen al invitarnos a participar: si no participamos, lo dejamos todo en sus crueles manos; y si nos sumamos a su club, nos volvemos cómplices de sus acciones. Lo saben, y me atrevería a decir que lo disfrutan.

Maldito dilema bien pensado, pero así funciona la cosa. Y es una lastima que no haya nadie más por aquí, ni siquiera nosotros, que esté dispuesto a jugar el rol que ellas ostentan. Porque te da, sin duda, una cuota de poder, una cuotita, pero también algo demandante, agotador y exigente. Y te vuelven blanco de todo tipo de antipatías. Ya lo ven.

El mal jardinero (o el jardinero del mal)

Don Aurelio es el encargado del parque junto a nuestra casa. No se llama Aurelio, claro. Podría llamarse también Don Benancio, Don Cipriano o Don Adelfo. Pero Aurelio es un nombre que le va tan bien como cualquier otro. Digamos que le decimos Aurelio por no revelar su nombre verdadero. Pero la verdad es que hubo un día en que supe su nombre, y ese mismo día lo olvidé.

Malhumorado, mas bien bajo y, a simple vista, mal tratado por todas las circunstancias. Como si recién se hubiera bajado de una mala mula, así va por la vida. Quejándose con quien pueda, de lo que sea, siempre que se presente la ocasión. Acusando a los unos y a los otros, por todo lo malo, por todo lo falsamente bueno y por las dudas también. Conspirando entre las hilos del micro universo que es el parque, que ni siquiera es un parque tan grande.

Mal encarado, y mal querido por el barrio, pero con justa razón. Vende su simpatía y su favor a cambio de unas monedas extras, que bien pronto se convierten en cuota quincenal. ¡Y como se resiente si las monedas no llegan!. Abusa de su ínfimo poder a través de tontas venganzas: montones de hojas o toneladas basura se acumulan frente a la casa de su enemigo predilecto de cada semana.

Pero dejando de lado su mal humor, es mal jardinero, se mire por donde se mire. Tan malo que le queda grande el titulo de jardinero. Y también le queda grande el titulo de cuidador. Inclusive el titulo de barrendero. Mal tipo diría yo, aunque no sé como sea el hombre cuando vuelve a su casa.

Pero mal jardinero sin dudas. Y mal tipo, me figuro.

Con su sobrero de paja roída calado hasta las hojas y su uniforme desteñido que lo camufla con el entorno, aparece y desaparece entre los árboles como por arte de magia. Nadie sabe cuando viene o cuando no. Es como un espectro en eterna enemistad con los vecinos, con los pasantes, con los deportistas e incluso hasta con las parejas de enamorados que mal que mal, disfrutan el rato sobre el pasto seco o la tierra pelada.

Cuando hace unos pocos años llegué a estas tierras, intenté hacer las cosas bien. Me presenté con el Don, me ofrecí para ayudarle en algunas cosas, su discurso me dio lástima. Casi que caí en su trampa. Hoy estoy en su lista negra, no lo dudo. Encontramos su marca siniestra en nuestra puerta.

un cartelito que decía…

En el parque que hay junto a la casa, los árboles y los postes se han convertido, como casi todos los de la ciudad, en longilíneos soportes de publicidad. Todo se ofrece, todo se busca.  Desde lo más banal hasta lo más o menos banal. Lo que la demanda demande, lo que la oferta oferte. Lo más básico entre lo más básico del libre mercado. Se ofrecen candidatos de todos colores para todos los puestos; puestos de meseras, lava-lozas y garroteros, cursos de autocad y de peluquería, alquileres varios, perros y gatos desparasitados, servicios para todos los gustos, dulces compañías, tiradas de cartas y menús vegetarianos. Todo se ofrece, ya sea en carteles de imprenta o artesanales escritos a mano, carteles monocromos o de brillantes colores, pequeños y grandes, nuevos y viejos, sanos y rotos. Todos los carteles, todas las ofertas. Tantos, que se vuelven invisibles. Tantos, que el ojo los vuelve invisibles. Es decir, algo se ve feo en el ambiente. Desprolijo. Contaminado. Como un ruido de fondo visual. Pero los carteles ya no ven. Sé que ustedes entienden a lo que me refiero: esa ceguera selectiva tan típicamente urbana, instintiva si se quiere, que nos hace el mundo culposamente menos peor.

Pero incluso cuando vamos sin ver, a veces vemos. Es inevitable.

Y así me pasó. Un cartelito de los que llamaríamos de morondanga, intrascendente, pequeño, en mala fotocopia blanco y negro, que ofrecía algo así como: “Bla bla blá y Descubra su YO interior. Encuéntrese a sí mismo, mas bla bla blá, Reencuéntrese con su propia esencia. Y Blá”. Como si uno pudiera perderse a sí mismo, como si no fuera sí mismo siempre, a cada instante. Como si dejara de ser uno mismo cuando, por ejemplo, cae en las contradicciones que las que siempre evitó caer. Como si uno fuera uno solo en las buenas, y en las malas, mejor no. Como si fuera opcional ser o no ser. Es decir, ser uno mismo o no ser uno mismo. Como si uno no fuera uno mismo cuando no es igual a quien era antes, ni es igual a lo que soñaba antes que sería después. Como si uno tuviera que buscarse a sí mismo, como si solito se hubiera perdido o se lo hubieran robado. Como si al cuerpo lo habitara un ente que es otro y no uno. Como si los Yo interiores y los Yo exteriores no fueran la misma cosa. Como si fuera posible, aunque sea por un solo instante no ser uno mismo. Y salir a buscarse como quien se busca el ombligo. Como si acaso alguien no supiera donde esta su propio ombligo. Como quien no supiera donde esta su propia nariz.

Confieso que me sentí tentada, en un arrebato, de arrancar el cartel. Pero no lo hice. Libertad de mercado. Y de expresión, podríamos decir. Respeto a quien se molestó en pegar sus carteles, ofreciéndole a la gente que encuentre su ombligo de una buena vez, por una cantidad no especificada de pesos, que serán menos, proporcionalmente hablando, si se anotan también al seminario de “encuentre su propia nariz, nivel uno y dos”. Ahí quedó y ya no fue mas invisible para mi. Hasta que un día, no hace tanto, alguien lo quitó. Me hubiera gustado saber con que intención.