Tiranetas

Cuando se vive en un país que no es el país natal, ni el que nos vio crecer, la posibilidad de aprender nuevas palabras cada día es tan alta, que es más una certeza que una mera posibilidad. Incluso si en ambos países se habla el mismo idioma. Porque el idioma que se supone que es el mismo, no es tan el mismo. Porque la gente que escuchamos y con la que hablamos ya no es la misma. Porque lo que leemos ya no es lo mismo. Y por la historia, y por las mezclas, y por las influencias. Y quién sabe por qué otra enorme cantidad de cosas más.

O porque así es la vida. Algo que pasa, algo que fluye, algo que cambia, aunque a veces cambie poquito y muy lentamente. Y a veces ese cambió chiquitito y casi imperceptible no nos deja mas enseñanza que una palabra nueva. A mi me gustan esos días porque me gustan las palabras. Me gusta jugar con las palabras nuevas,  inventar palabras, descubrir palabras. Mezclarlas, inventarles insólitas derivaciones y etimologías. Y me gusta, sobre todo, compartirlas con quien comparto mis días, porque en estas cosas compartimos las manías. Juntos jugamos a hacer malabares de palabras y crucigramas en el aire. Nos desafiamos, nos provocamos, nos retrucamos y siempre, siempre, terminamos riendo y a los besos. Nos divertimos con poco, pero nos divertimos mucho.

Hoy, mientras esperábamos nuestro pedido en un cafecito del barrio, nos llamó la atención la conversación de la mesa que estaba justo detrás de mí. Dos hombres hablaban de filosofía. Hablaban y hablaban. De Aristóteles, de Hume, de Kant. De los antecedentes de la democracia directa, de la falta de referentes suficientes, de la nueva sede de estudios filológicos, de los planes de estudios de hace veinte años, del Chopín y de Strauss, de lo que debería ser, de lo que mejor ni hablemos. Hablaban y hablaban. De todo, mucho y más fuerte de lo que en las apretadas mesas del café sería de buena educación.

Y sí, nosotros conversábamos de nuestras cosas también, aunque su erudita diarrea mental se metiera a cada instante en la nuestra, para mezclarse un poco, aunque ellos no lo supieran. Confieso que estaba divertida la cosa. El gurú y el aprendiz, arreglando el mundo y ajenos al mundo. Esgrimiendo citas contra citas, de casi todos los famosos de los últimos 3000 años.

Y de repente, llegó la palabra nueva del día. Así de repente y sin aviso, que es la mejor forma que tienen de llegar. Mi cómplice en el juego la dejó caer por lo bajo: tiranetas. Y claro, apenas la oí, y antes de preguntar nada, intenté rápidamente adivinar, porque es parte ineludible del juego. Mi primera opción fue bastante ridícula, por no decir absolutamente absurda. Era algo así como: “tiranetas, dícese de pequeñas tiranas, de poca monta, y casi nulo poder”.

Y ahí si, pedí repetición. Viendo el conocido gesto en mi cara de no entender nada, repitió más lentamente: tira-netas. Dicho así lo entiende cualquiera. “Tiranetas”, aquí en México, es el que en Argentina “tiene la posta”, el que “te canta la justa”. El siempre famoso “que se las sabe todas”, y que además no puede vivir sin hacérselo saber a todo el mundo.

Terminamos nuestro postre y nos dimos cuenta que habíamos perdido hace rato el hilo de la conversación ajena. Pagamos lo nuestro y nos fuimos a casa, aún entre risas y besos.

El corrector (de finales)

Me lo encontré en una estación, pero bien podría haber sido en la sala de su casa. Tan a gusto se lo veía, como si la gris y fría banca de cemento donde apoyaba el culo fuera el más mullido y confortable de los sillones. Largando humo hasta por las orejas, más allá de carteles y advertencias, leyes, usos y costumbres modernas. Los ojos un poco vidriosos, un poco rojos, un poco perdidos, pero con su chispa intacta. Y un montón de libros, cuadernos y libretas desparramadas alrededor. Libros viejos, manoseados, ajados. Libros marcados por doquier. Cuadernos escritos, tachados, garabateados. Tan invisible, tan fuera de contexto y tan el centro de todo.

Fue verlo y reconocerlo al instante. Era él y solo él a quien yo buscaba desde hacía tiempo sin saber siquiera que buscaba algo. La persona ideal para la osada tarea que tenia que encomendarle ¿Quién más se iba a animar? ¿Quién más dispondría del tiempo? ¿Y quién, juntando esos dos requisitos, tendría además la capacidad de hacerlo y hacerlo bien?  Creo, no lo sé, pero creo, que me vio y me reconoció también. Me sonrió y me tendió la mano, como pidiendo la lista que yo aún no había plasmado por escrito, pero que me sabía bastante de memoria.

En la parte de atrás de un boleto viejo enumeré seis o siete obras. No hacía falta que pusiera los autores, estaba más que claro. Tampoco hizo falta que me dijera cuando estaría listo el trabajo. Cuando lo estuviera, en esa estación o en cualquier otra, nos volveríamos a encontrar.

De libros, viajes y simpatias…

Viajando en la misma línea de metro de siempre. En el vagón aún medio vacío, un niño va leyendo un libro. Y es un libro que conozco.

Con culpa he de confesar que a veces siento más simpatía hacía un desconocido cualquiera que esté leyendo un libro que yo leí, que hacia uno que hable con mi propio acento. Sé que no significa nada. Gente muy diversa puede coincidir en un libro o dos, pero a mí me da un “no sé que” de intimidad, de cercanía, hasta de cariño. Ese cariño instantáneo y pasajero, que dura lo que el encuentro, que no requiere palabras, y que es unidireccional, porque el otro nada sabe de la coincidencia.

Pero con este niño es distinto. Porque el libro es distinto. Un drama infantil, sobre un drama que en la vida real suele ser más dramático que en el libro, y que sin embargo está tan bien escrito, tan bien encarado….

Lo miro. Será unos dos o tres años mayor que el protagonista. Aunque si viaja en el metro, posiblemente no se le parezca tanto. O si. Hay cosas que unen y generan identificación más que otras. Sobre todo en la infancia. También de eso habla el libro.

Lo miro. El niño, pre adolescente a todas luces, viaja solo y está tan metido en su lectura, que supongo que conoce ya de memoria las curvas, los frenazos y los tiempos de esta linea metro. Se ve tan niño en medio de tanto adulto.

Lo miro. Y me pregunto como llegó ese libro a sus manos. Es un libro escrito expresamente para él, pero a mi, persona promedio de más de treinta, me estrujo el alma. Como sea, ya está por terminarlo. Tan presente lo tengo, que casi que podría decir yo por donde va. Lee rápido, con avidez, y lo entiendo. La historia te envuelve, te atrapa y te angustia. El final es inesperado, todo apunta que será un terrible final. Y en realidad, es medio terrible, pero no tan terrible. Quisiera decírselo, pero esas cosas no se hacen entre lectores que disfrutan su lectura.

Lo miro. Quien sabe hasta donde seguirá su viaje. Mi parada es la próxima estación. Veo, por entre la multitud que acaba de subir, que se sonríe de lado. Creo que ya está descubriendo de que viene la cosa, ya está atando cabos, elaborando hipótesis, arriesgando futuros más prometedores. Que buen momento ese momento.

Me sonrío también, con el alma calentita. Me sonrío y él ni se entera, ni tiene como enterarse, porque no ha levantado la vista del libro ni una sola vez.

El viaje de los nombres

Hacia años que ella era la mujer de la casa que estaba entre el terreno abandonado donde se erguía el árbol grande, y la casa del ahijado del dueño del viejo bar de la esquina, tres cuadras y media subiendo desde la plaza del segundo pueblo sobre la ruta que unía la ciudad con el mar, contando, claro está, desde la ciudad y no al revés.

Por eso, cuando él llegó a la estación y sus labios, en un mismo gesto iluminado, sonrieron y pronunciaron su nombre, ella dudó un instante, volvió mentalmente a un día ya lejano en un lugar distinto pero muy similar, se reconoció y supo, definitivamente, que todos los nombres, de todas las cosas, habían regresado con él.

El viaje de las palabras

Hay veces en que no se puede viajar.
Son rutas difíciles, demasiado llenas de distancias,
en días en que los días son demasiado cortos
y la vida exige ser vivida dentro de lo planeado.

Esas veces, viajan solo mis palabras.
El objetivo se cumple solo a medias. Y ni siquiera.
No hay estación terminal ni de ningún tipo,
aunque el correo central de cierta forma se le parezca.

A veces, la tecnología brinda este tren expreso,
tan llenos de ceros, de unos  y de misterios.
Mis palabras viajan con mas facilidad que mi persona.
Son parte de mí, pero no más que eso.

Ojalá viajaran así también los abrazos, las caricias y los besos.

Palabras mágicas / db

Le pedí una palabra de emergencia.
Tuve mi palabra mágica. Sirvió.
No resolvió nada. No la pedí para eso.

Las palabras mágicas, como yo les digo, son para otra cosa.
Y no tienen nada de mágicas.
Dos veces las pedí. Dos veces allí estuvieron.

Estoy en deuda.

Otras palabras

Cuando viajo llevo siempre a los poetas en mi bolso de mano. Los artistas de la palabras, los de hoy y los de antes. Del Dante a Sabina. ¿Quién diría? Pero siempre me les resisto. Ahí quedan, me duermo, los evito y me escapo.

Pero hoy me toco viajar de día. Y es un día muy de verano, de viaje lento, largo y caluroso. Cedí a la tentación de sus versos y se resquebrajaron mis corazas. No hay donde escapar en un autobús sino es al mundo de los sueños, que hoy, justo hoy, me negó la entrada. Y ahí estaba yo conmigo, a flor de piel.

(y una sola lágrima emocionada, que no tuvo la decencia de caer)