Margaritas a los chanchos

Con el alma compungida y el semblante triste de los que están siempre tristes, fue a sentarse en el peñasco desde el que se veía la mitad del mundo. Y mirando el horizonte como quién busca respuestas, se repitió las mismas preguntas que ya se había preguntado mil veces:

¿Por qué alimentar a la Bestia con los mejores frutos de mi huerta?
Si no los pide, no los necesita, ni los aprecia. Ni se digna a probarlos.
Todo lo que le ofrezco, frutos y frutas, se pudre en bandeja de plata.

¿Por qué alimentar a la Bestia con los mejores frutos de mi huerta?
¿Por qué? ¡si con mucho menos le basta!¡incluso con nada!

¿Por qué he de ofrecerle mis mejores lineas y mis más sentidos versos?
¿Por qué? ¡si con mucho menos le basta!¡incluso con nada!

Y en el horizonte que miraba, o tal vez más allá, encontró la respuesta. No le gustó, pero bien sabía que las respuestas no siempre han de gustar. Y de su próxima cosecha, separó lo más hermoso para los que amaba, y también algo, un poco nomas, para la Bestia. Por las dudas. Quién sabe. Tal vez, un día, cambiase de parecer. Esas cosas pasan.  A veces pasan. Al menos, eso dicen.

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Mitológicas 2: el penúltimo vuelo de Ícaro

El padre construía, para él y para su hijo,
dos pares de alas con plumas, hilos y cera.
Ícaro construía otras alas, pero con plumas de ensueño.
Dédalo era, sin duda, un tipo admirable; un inventor, un artista,
constructor de laberintos de pesadilla, señor de los escapistas.
Ícaro era apenas un poeta, apenas y a su manera.
Con sus efímeras alas hechas de nada,
regresó una noche a todo lo que amaba.
El día siguiente fue el gran día de la fuga.
– No tan bajo, no tan alto – le advirtió el hacedor.
Quien sabe que pasaba por la mente y el corazón de Ícaro.
Pese a todas las advertencias, fijó su rumbo directo al sol.

Mitologicas 1: el viaje de la medusa

La medusa lleva luto blanco en la cabeza.
Mil cicatrices orgullosas de otras tantas tristezas gozadas.
Con amor y un hierro candente, cegó las serpientes de su mente,
con la esperanza ser, finalmente, mas inofensiva y mas sabia.
También, por precaución tal vez innecesaria,
vendó sus propios ojos con la suave tela que hila la confianza.
Viuda de una muerte de la que de vez en cuando si se vuelve,
va sonriendo sobre caminos siempre inciertos.
Sin días y sin  noches, el pasado, el presente y el futuro
son tan solo un largo presente continuo, sin nostalgias ni ansiedades.
Va bien dispuesta a vivir viviendo la vida
y a dejarse sorprender, si la ocasión lo amerita.

Una pregunta específica

En mi sueño, la Estación Central esta vacía y en cada dársena descansa un autobús. Son cientos. Tal vez son miles. Yo voy con el pasaje en mano y el equipaje al hombro buscando el sector anunciado para mi partida. Como tantas veces.

Encuentro el coche cuya leyenda anuncia mi destino. Chequeo la hora. Y es la hora correcta.

Me acerco al chofer que está parado junto a la puerta, como sí fuera una esfinge, la mismísima Esfinge de Tebas. Ahí es cuando el sueño se vuelve decididamente más extraño.

Yo le entrego mi boleto, inclino la cabeza como queriendo insinuar un saludo, y me dispongo a subir.

– ¿Quién sos? – pregunta. Y me descoloca. Muchas veces hice viajes similares y nunca me preguntaron quien era. Lo habitual es que pregunten donde vas…

– Regina Daichman – contesto, sin entender aún del todo la situación, tratando de imaginar algún cambio administrativo o de seguridad, que de todas formas no justifica el tono.

– ¿Quién sos? – repite, y yo busco a tientas en mi mochila alguna identificación. Me parece ridículo que no le baste mi palabra, pero no me espanto. Burocracia.

– Soy yo – digo, mostrando con desgana el plástico con mi foto, mi nombre y otros datos menos relevantes.

– ¿Quién sos? – insiste nuevamente. Su voz no se inmuta y sigue su mirada vacía mirándome como ciega, sin verme.

– Soy yo, Regina Daichman – le respondo, queriendo dar por terminado ya éste interrogatorio filosófico de trasnoche.

– Y, disculpe ud, pero cualquier otra respuesta que le dé, será menos específica que esta – agrego, después de dudar un instante. Me sonrío ante la simple idea de haber dudado un instante sobre mí misma, de haber buscado una respuesta distinta, aunque la pregunta fuera la misma una y otra vez.

Recién entonces el chofer – esfinge me libera el paso, puedo subir, buscar mi asiento, dormirme. Y despertar.