Hilachas

A veces pasa. Llega un momento distinto a todos los demás momentos y de repente, así, como sin querer, todas las viejas sábanas que cubrían a los viejos fantasmas, caen como viejos trapos deshilachados.

Y resulta que bajo esos trapos no queda nada. Nada de nada. Nada que asuste, ni nada que conmueva. Nadie sabe, ante tal acto de magia repentina, si reír o llorar. Casi todos optan por una sonrisa leve, de esas sonrisas satisfechas, como de quien dice ¿Qué se le va a hacer?¡A otra cosa, mariposa!

(Ya vendrán otros fantasmas, nuevos, distintos, más puros, y posiblemente más significativos. Porque fantasmas siempre hay. El secreto está en espantarlos pronto, que no se queden, que no se instalen, que no se acostumbren a nosotros. Ni nosotros a ellos.)

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El otro payaso.

Con la convicción de que hacer reír es bueno, el payaso se consuela.

El fantasma del buen Garrik lo guía, lo invade, lo acompaña.

Ya no soporta hacerse el tonto, pero es lo que mejor funciona.
Ya no quiere seguir tropezándose a propósito con sus propios pies.
Ya está cansado de pintarse la cara de blanco y de tanta ridiculez.
Ya está harto de caer de cara en el pastel, una y otra y otra vez.

Pero el númerito del payaso listo no funciona aún del todo bien.
Al menor gesto de inteligencia los niños se asustan y  lloran.
Y los adultos fruncen el ceño, fruncen la nariz, y todo lo fruncible.
Porque también los adultos les temen a los payasos inteligentes.

Si no es de la desgracia ajena, parece, ya no saben de que reírse.

(y eso no está bien, nunca lo estuvo, nunca lo estará)

El Jugador.

A todos los niños les gusta jugar. Jugar es simular mil escenarios posibles, mil realidades distintas y vivir un rato en ellas. Es una forma de aprender y de crecer.  Incluso el jugar compitiendo es parte de ese proceso de aprender que a veces se gana, a veces se pierde  y que en general no pasa ni lo uno ni lo otro.

Pero después de un tiempo, tal vez el más importante de todos los aprendizajes sea el de distinguir que un juego es un juego y nada más que eso. Se juega, se disfruta del juego, se termina de jugar y la vida continua. Una vida que también se puede disfrutar.

Aunque no para todas las personas la cosa es igual. Al menos para una persona no fue así. Y yo conocí a esa persona. De chico le gustaba jugar, como a todos. Pero ganar le gustaba mucho más que a cualquiera. Es más: solo jugaba a algo si existía la posibilidad de ganar. Para él ganar era vencer, derrotar. Y siempre le molestó profundamente perder. Mucho. Tanto como para seguir malhumorado por días si lo descubrían en las escondidas o le adivinaban una adivinanza.

Por eso, creo yo, a nadie le gustaba jugar con él. No era nada divertido. Casi que daba miedo. Miedo a que ganara, porque se volvía insoportable en sus festejos. Y más miedo a que perdiera, porque ahí sí que se enojaba, pateaba tableros, azotaba puertas, denunciaba imaginarios complots en su contra, reclamaba revancha como quien reclama venganza. Sus rabietas no eran divertidas, ni siquiera un poquito. Así que algunos optaron por dejarlo ganar siempre, otros se rehusaron a jugar con él bajo cualquier pretexto y otros simplemente evitaron cruzarse en su camino.

Hay que reconocer que era bueno en casi todo. Bueno, pero no tan bueno. No tan bueno como el creía ,al menos. Y por no aceptar la derrota por mérito ajeno o por error propio, se volvió supersticioso: si perdía era por mala suerte, por haberse cruzado con un gato negro, por haber volcado la sal, por haberse levantado con el pie izquierdo. O por rascarse el codo contra la costilla siete segundos antes de levantar las cartas de la mesa.

Como era bueno en casi todo, también era bueno a la hora de disimular. Por eso nadie se dio cuenta de sus rituales cotidianos para espantar  la suerte adversa, ni que los límites entre el juego y la realidad eran cada vez más difusos para él.

La vida se convirtió, para él, en un juego de conspiraciones donde todos jugaban, aún sin saberlo. Se convirtió en un juego de reglas que había que ir adivinando, reglas que había que ir inventando, donde cada vez había más contrincantes y menos aliados. Una vida donde, además, todo es apostable: el dinero, las personas, los sentimientos, los ideales y, también, el alma.

Un espectro.

Por su arte de aparecer y desaparecer.
Por su eterno ansia de ser y no ser.
Por su porte altivo de alma en pena.
Por su capacidad de hacer temblar a cualquiera.
Por su deambular que se hace eterno.
Por su don perdido de la ubiquidad.
Por su aire de poeta extraviado.
Por su estigma de antiguo espíritu filosofal.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Traslúcido más que transparente.
No es invisible, pero sabe ocultarse bien.
Insondable en esa niebla que lo define
y lo confunde con esa otra niebla que lo rodea.
Demasiadas vidas vividas en demasiados mundos,
demasiado al mismo tiempo.
Aparenta cuarenta y tantos.
Puede que sean cuarenta y cien.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Con la soga rota siempre al cuello.
Siempre amaneciendo de regreso del más allá.
Enojado, serio, triste, condenado.
Siempre en el filo exacto de no sé qué.
Pero de risa fácil y de risa franca,
intuyo que incluso desde el llanto sepulcral.
Rápido en el tablero que desprecia,
juega siempre a no perder, pero sin nunca ganar.

Por todo esto, este espectro parece un espectro.

Y porque para sí mismo eligió el traje solemne de fantasma gris.
Con los hilos que le ofreció la vida se confeccionó su traje a medida.
Cual guante, piel de fantasma adherida a la piel, y también al alma.
Tiene el raro privilegio de ver siempre un poco más que los demás.

Invocarlo es un ritual largo, monótono y amargo,
pero siempre, absolutamente siempre, vale la pena.
Aunque no sea más que por un rato.

(Que también de a ratos se construyen eternidades)

El Fantasma de Sir Richard

En el parque, frente al río, temprano en la mañana, cuando apenas amanece y se va levantando la helada bajo el rojo intenso del sol recién nacido. Ese es el momento ideal para encontrarse con el fantasma de Sir Richard. Y en algunas siestas de tibieza otoñal.La sabiduría de sus palabras hay que saber interpretarlas. Habla poco, siempre tan amable como cuando vivía y no era fantasma, ni era Sir, ni era Richard, sino Ricardo, el hombre sin mas techo que el mismísimo cielo. Un hombre viejo a fuerza de intemperie, penas y alcohol que paso algunas temporadas rondando por nuestro barrio.

Todavía hoy, como entonces, se hace presente así como de repente, pero ya no pide ni una pequeña monedita, ni una corbata, ni una silla, ni una espumadera.

Y como aquella vez, sin pedir mas, ofrece incluso aquello de lo que parece que más carece: palabras de consuelo y algo de fe.

Yo no sé bien porqué, en aquel frío amanecer, le dí las gracias y rehusé su oferta. No se porqué, lo sigo haciendo cada vez.