El sutil arte de vivir sin tantas certezas

Cultivar este sutil arte de vivir sin tantas certezas.
Ansiar con mesura; desear con el alma, pero con calma.
Disfrutar ese coctel imaginario de dulzuras y asperezas.
Y cruzar los dedos sin cruzarlos (porque nunca se sabe).

Invocar las estadísticas como quien repite un mantra.
Esa letanía infinita que transforma los fantasmas en porcentajes.
Confiar y temer en su justa medida, sin saber cual es la justa medida.
Confiando mucho y temiendo poco, porque así es como lo prefiero.

Pero por si acaso, siempre previendo lo posible y lo probable.
Balanceando y sopesando, achicando el margen de las sorpresas.
El futuro es inevitablemente incierto, por definición y conveniencia.
Pero casi todos los futuros son opciones más o menos imaginables.

Aferrándome a ese método fatídico de la duda metódica.
Siempre bienintencionada, siempre razonable, siempre justa.
Dudando con optimismo, pero dudando siempre un poquito.
Y viviendo feliz por ello, y a pesar de ello, y a pesar de todo.

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Dormir de a uno

Viajar, a veces, significa dormir de a uno por un tiempo.
Porque alguno de los dos viaja tan lejos como para no volver en el día,
o porque viajamos los dos a destinos tan distintos y lejanos.
Por eso, viajar, a veces, significa dormir de a uno por un tiempo.

Dormir de a uno significa, a veces,
la posibilidad de conquistar ambas diagonales en un mismo instante;
dormir en modalidad estrella de mar, abarcando la cama entera.

Dormir de a uno significa, a veces,
descubrir la libertad entre las sábanas, sentir que se duerme entre nubes;
estirarse y retorcerse mil veces, como pez en el agua inmensa del mar.

Dormir de a uno significa también, a veces,
una mano en mi espalada que falta, que es la mano que acaricia;
una pierna derecha que te busca para enroscarse y no te encuentra,
un beso huérfano a las tres de la mañana, otro beso perdido a las seis.

Dormir de a uno significa, a veces,
que no puedo refugiarme en el hueco bajo tu barba,
y ese es, justamente, mi lugar preferido en el mundo,
por lo menos a la hora de despertarme,

Lucha Libre

En esta esquina, mis pequeños y queridos demonios de siempre.
Y en la esquina contraria, mis nunca bien ponderados fantasmas.

Yo los reconozco, a todos, aunque cambien sus máscaras.
Aunque cambien sus disfraces, sus nombres y sus tácticas.
Algunos pocos se han retirado y muy pocos se han incorporado.
Pero en general, siempre son los mismos, siempre lo han sido.

Algunos la hacen preferentemente de buenos, los otros de malos.
Pero en realidad, esto no es más que un show bien concertado.
Una coreografía imposible sin la buena voluntad de ambas partes.
Una lucha simbólica, una danza ritual, pero no por eso menos real.

Yo soy quien observa, quien apuesta y quien levanta las apuestas.
Y también soy el relator, el presentador, el arbitro y los jueces.
Soy quien entrena a ambos bandos, quien les da nombre y forma.
También soy el ring donde se lucha, la lona y las cuerdas.
Soy el premio, soy el sudor y soy la sangre que se derrama.

Porque, a pesar de todo, también hay sangre que se derrama.
A veces, no siempre, pero a veces pasa. Un poquito, nada más.

Sobre pedir deseos. Sobre no pedirlos.

Pasó fin de año. Empezó un año nuevo. En  el momento, bastó con desear con que sea un buen año para todos. Así, en forma genérica.. La cosa no daba para más. Todo el esfuerzo se fue en tratar de que el deseo sea sincero, naciera de lo profundo y no se convirtiera en una fórmula de salutación tradicional. Luego ya vendrían unos días de calma como para pensarlo mejor. ¿Cómo fue este año que pasó? ¿Cómo será este que recién empieza?

Y de repente, llegó otra vez uno de esos momentos donde tradicionalmente se piden deseos. Esta vez, un poco mas personal, el día de mi cumpleaños. Cualquiera diría que tiempo para pensar y reflexionar tuve de sobra. Y en realidad, tuve suficiente; aunque nunca sea realmente suficiente.

Llegó el momento de pedir los tres deseos. Pero este año, tal vez por primera vez en 32 años, no hubo torta de cumpleaños, ni velitas, aunque hubo festejos. No pedí ningún deseo. Renuncié a ese privilegio hace más de una década. No es que no desee cosas, que no tenga anhelos. Es que no sé pedirlos. No sé como ni sé a quien. Podrán acusarme de que soy una mujer falta de fé, pero no lo soy. Al menos optimismo no me falta.

¿Y si pudiera pedir solo un deseo, con absoluta garantía de que se va a cumplir en tiempo y forma? No sabría que pedir. A cada deseo se le interponen muchas objeciones – técnicas, prácticas, teóricas, éticas – que no los hacen merecedores de tan única oportunidad.

Y después, está este tema de la decepción.

Y está la cuestión ineludible de la comodidad de desear aquello que difícilmente lograríamos por nuestra propia cuenta (si nos atreviéramos), y que por lo tanto deseamos que se cumpla por si mismo.

Y está esa dificultad enorme de pedirle ayuda a las personas que pueden ayudarnos a la hora de cumplir deseos propios y ajenos.

Y está el tema de éste profundo sentir que la vida me ha brindado tanto, que pedir algo mas, si de pedir se tratara, sería un abuso.

Y está esta cuestión de que algún día, tal vez, puede haber un deseo más seriamente deseado que cualquier otro deseo. Y si de desear se trata, prefiero tener mi cuenta habilitada para entonces.

Por eso no pido deseos cuando cumplo años. Ni cuando veo una estrella fugaz.