Aprendizajes fortuitos

Iban sentados en los asientos de más atrás.
Yo iba medio durmiendo, medio soñando,
como de costumbre, en la penúltima fila.
Y daba la sensación de que en ese viaje no viajaba nadie más.

Entramos a una ciudad.
El colectivo cambio su marcha, recobré un poco la conciencia.
No sé de qué venían hablando.
No sé cual fue la pregunta, ni sé cual fue la respuesta.
Solo escuché un fragmento del dialogo, dos lineas.

– Gracias – dijo una voz llena de lagrimas emocionadas
– Gracias por no mentirme.
– Gracias a vos – dijo otra voz, que finalmente moriría en un beso
– Gracias por no obligarme a mentir.

No dijeron nada más. Nada, al menos, que yo alcanzará a escuchar.
Bajaron en la siguiente estación, tomados siempre de las manos.
Yo no les vi las caras, pero seguro que sonreían.

Volví a dormirme casi enseguida
para despertar muchos kilómetros después,
dispuesta a agradecer semejantes privilegios también,
a quien correspondiera.

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